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Escrito por Ezequiel Sánchez   
jueves, 13 de noviembre de 2008

Tomar contacto con los coleccionistas de Buenos Aires no es tarea fácil. Desde el escándalo de película que envolvió en noviembre de 2000 a los comerciantes Eduardo Janeir y Carlos Languasco, cuando la Policía Aeronáutica Nacional les secuestró en dos locales de San Telmo unas 15.000 piezas que, se dijo, habían sido saqueadas de distintos sitios arqueológicos del Perú, la mayoría se abstiene de hablar con la prensa. Se sabe, eso sí, que todos repudian la nueva ley. Incluso, hay un caso que ilustra perfectamente el estado de ánimo de casi todos los coleccionistas particulares, algunos dueños de verdaderas fortunas en piezas precolombinas. El caso paradigmático es el del politólogo y coleccionista Mateo Goretti, quien pensaba abrir un museo de etnografía y arte precolombino el año pasado en Buenos Aires, pero no bien los conceptos de la ley llegaron a sus manos, desistió rápidamente de su idea. Finalmente trasladó todas sus piezas al Uruguay, donde, según dicen quienes lo conocen, recibió una oferta del propio alcalde de Montevideo para realizar su proyecto en esa ciudad, sin ningún tipo de condiciones al proyecto original, según el cual Goretti donaría las piezas a una sociedad estatal; pero hubo una condición: el museo sería administrado por un ente privado.
 
 
Oficiando de vocero de los coleccionistas, el antropólogo e investigador de la Smithsonian Institution, Edgardo Krebs, escribió desde los Estados Unidos un artículo que fue publicado tiempo atrás en un diario local.
 
 
"Puede argüirse con toda razón que el patrimonio cultural de un pueblo pertenece al pueblo —escribió allí Krebs—. Es más difícil argüir que ese patrimonio pertenece al Estado, que es finalmente un grupo de burócratas, muchos de ellos no elegidos por el voto popular". Krebs insiste en que los grandes museos del mundo —el Louvre de París, la Nationall Gallery of Art de Washington— fueron creados originalmente por grandes colecciones privadas, como el Malba de Buenos Aires, y culpa a la nueva Ley de Patrimonio Arqueológico por el "exilio en el Uruguay" de la colección con la que Mateo Goretti pensaba abrir su museo en Buenos Aires.
 
 
Egresado de Filosofía y Letras, especializado en Antropología y profesor de Latín en la UBA hasta que Onganía decidió echar a bastonazos del país a una considerable porción de brillantes intelectuales, Jorge Fernández Chiti tiene un museo en Palermo, donde exhibe 1.500 piezas de cerámica precolombina de casi todas las culturas indígenas locales. Se reconoce coleccionista y no está de acuerdo con la ley 25.743, pero su postura difiere de la de sus colegas.
 
 
"La nueva norma —dice Fernández Chiti— establece que el Estado tiene el dominio (para legislación argentina eso significa tener la propiedad) de los materiales, y nos otorga a los coleccionistas la tenencia de las piezas, lo que implica a su vez una enorme responsabilidad. ¿Qué pasa si un día yo no estoy en mi casa y me roban las piezas? ¿Soy el responsable ante la ley? Cualquiera podría suponer que me las robé yo mismo para sacarlas del país, venderlas y hacerme millonario en dólares. Así, lo que consigue esta ley es generar un mercado negro internacional para las piezas argentinas, algo que en el contexto latinoamericano sólo ocurre en México y Perú. Queriendo cerrar una canilla que goteaba, sus autores abrieron un dique; ahora, los saqueadores de sitios que antes le vendían una pieza a alguien en Buenos Aires van a venderlas masivamente en Europa y en los Estados Unidos, donde por una vasija cualquiera paga 30 mil dólares".
 
 
En esta cuestión, Fernández Chiti, es terminante: "Los autores de la ley no tuvieron consideración alguna con los coleccionistas, gente honesta, muchos de ellos, que dedicó parte de su dinero a la compra, restauración y conservación de estos objetos; gente que hoy cuida y muestra sus piezas al público. Aunque no estoy de acuerdo con Goretti. Me parece que no tiene por qué llevarse del país 3 mil piezas que pertenecen al patrimonio nacional; pero las autoridades tuvieron poquísimo tacto con él".
 
 
Feliciano tiene una denominación para la labor de los coleccionistas honestos: "Trabajan —dice— río arriba
". Y lo explica: "Hoy nadie duda de que ciertas piezas, como un cuadro de Picasso, por ejemplo, es una obra de arte de inmenso valor patrimonial; eso ya es un lugar común. Pero para que ese cuadro se convirtiera en lugar común y en conciencia colectiva del patrimonio —insiste Feliciano— tuvo que darse un hecho radical: alguien tuvo que comprar en su momento la obra que aún no tenía ese valor y conservarla, cuidarla, valorizarla. El papel del coleccionista es, en ciertos casos, indispensable."

nota extraída de Diario Clarín www.clarin.com

 
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